Mi equipaje consiste en un bolso, una mochila, un cochecito y una bicicleta plegable.
Bajo del taxi con un niño semidormido, se acerca una persona muy agradable y me ayuda con la bicicleta, me ayuda con el bolso, me ayuda a encontrar la plataforma y a cada rato le digo gracias. Estoy tan poco acostumbrada a que hagan cosas por mí qye no tengo automatizada la propina, me doy cuenta y le doy cinco pesos.
Le pregunto a un valijero si tengo que pagar el seguro de mi hijo, que no ocupa asiento, en la boletería o lo vende el chofer, el valijero va y averigua, vuelve, hay que comprarlo en la boletería, no puedo dejar el equipaje solo, no puedo subir el cochecito por escalera con Simón dormido. No tengo tiempo, se ofrece hacerlo él, ni siquiera es de la empresa con la que viajo.
Llega mi ómnibus, el valijero se acerca al chofer, le pregunta algo, se acerca a mi, me dice que no hace falta pagar seguro, le digo “che, muchísimas gracias, tomá” saco diez pesos del bolsillo del pantalón, me dice “no, ni hablar” y se va corriendo, le grito ”que Dios te bendiga” porque es algo que la gente recibe muy bien.
El chofer se dirige a mí y me dice que hay dos asientos libres y que en vez de compartir el mío con Simón puedo dormir sola, le agradezco, me dice que la bici me la van a querer cobrar como encomienda, que le de unos pesos al valijero, le agradezco.
El valijero II sólo quiere propinas y soy la única que despacha, él termina de despachar y me dice ” a ver si me das algo por la bicicleta, eh?” le doy los diez pesos destinados al valijero I. Me quedo sin plata en los bolsillos.
Sale el ómnibus, Simón está dormido y confundido, no se queja, la villa de retiro es una ciudad, es el ”caminito” del futuro. Veo por la ventana camiones de pollos de Entre Ríos, de nafta, de leche. Pienso que los camiones de leche son impresionantes y abrumadores, una radiografía de poco respeto a la madre, violar la sagrada intimidad entre la cría y la madre, encerrando el universo lácteo milagroso en un pene metálico gigante.
y el puerto
un paisaje desolador, repleto de máquinas colosales que nunca duermen, luces, señalizaciones que organizan pilas, metros, kilómetros de containers y containers y containers y containers que nos traen lapiceras, televisores, celulares, almohadones, vestidos, mostazas, quesos y cosas y cosas y tazas y manteles y cortinas y telas ¿de donde? ¿para qué? ¿por qué?
Llega el árbol como llega la rueda,
como una invención humana
y qué abrumadora perfección la del árbol
ése chiquito del costado del camino, ése en particular
TODOS EN PARTICULAR
cuantos cientos de años para volver al árbol, para inventar el ‘veraneo’, las vacaciones, el descanso de lo que nos persigue, lo que nunca vamos a terminar, lo que no sabemos si queremos. Descanso innecesario.
ésta especie probó su potencial, ahora volvamos al árbol







